No vivimos porque nos podemos morir: vivir vs sobrevivir en el trabajo
Hay una pregunta que deberíamos hacernos más seguido, especialmente en estos tiempos donde todo parece urgente pero nada parece importante:
¿Estamos viviendo… o apenas sobreviviendo?
Una pregunta que deberíamos hacernos más seguido
Existe una diferencia abismal entre ambas, y creo que la hemos olvidado. Hemos confundido la supervivencia con la vida misma. Y en ese desbalance, en esa confusión, hemos construido vidas enteras —empresas enteras, sociedades enteras— operando desde el miedo disfrazado de prudencia, desde la contención disfrazada de profesionalismo, desde la desconexión disfrazada de eficiencia.
Nos levantamos, cumplimos, producimos, avanzamos. Pero algo en el fondo susurra que esto no era todo. Que vinimos a este mundo para algo más que acumular, competir y aguantar. Que había una canción que queríamos cantar, una huella que queríamos dejar, una versión de nosotros que se quedó esperando mientras nos dedicábamos a sobrevivir.
El miedo que nos controla sin que lo notemos Hemos comprado la idea —sin siquiera darnos cuenta de cuándo la compramos— de que ser vulnerables es peligroso. Que mostrar nuestras grietas es una invitación al colapso. Que admitir que no estamos bien es un lujo que no podemos permitirnos porque hay facturas que pagar, expectativas que cumplir, roles que sostener.
Entonces nos ponemos la máscara. Cada mañana, sin falta. Y seguimos acumulando nudos que nadie ve pero que todos cargamos. Nudos de frustración, de cansancio emocional, de desconexión con lo que realmente importa. Nudos que aprietan cada vez más hasta que un día nos damos cuenta de que ya no recordamos cómo se siente respirar hondo.
Y lo más paradójico de todo esto es que no estamos solos en esto. Todos estamos cargando nudos. El compañero de trabajo que parece tenerlo todo resuelto, el jefe que siempre está en control, el amigo que proyecta éxito en redes sociales. Todos. Pero como hemos decidido colectivamente que es más seguro fingir que estamos bien, seguimos en la actuación. Y la actuación nos está costando la vida.
Lo que no hemos entendido
Aquí está la verdad incómoda pero liberadora:
En nuestras vulnerabilidades está nuestro verdadero poder.
No en negarlas. No en esconderlas. No en “gestionarlas” con más productividad, más café, más distracciones. Sino en reconocerlas, aceptarlas y —aquí viene la parte que da miedo— en desatarlas.
Porque cuando alguien se atreve a decir “no estoy bien” y lo sostiene con seguridad, sin quebrarse pero sin fingir, algo cambia. No solo en esa persona, sino en todos los que la escuchan. Se abre una posibilidad que no sabíamos que existía: la posibilidad de ser humanos en lugares donde solo se nos permitía ser funcionales.
La vulnerabilidad expresada con autenticidad no genera debilidad. Genera comunidad. Genera respeto. Y el respeto —esa capacidad de reconocer la humanidad del otro y cuidarla como si fuera la propia— es el hilo invisible que podría volver a conectarnos.
El reflejo que no queremos ver
Si todo lo que vemos en el exterior es una proyección de nuestro interior, entonces tenemos que hacernos preguntas incómodas.
¿Por qué las empresas están quemando a su gente? ¿Por qué los índices de rotación están por las nubes? ¿Por qué hay tanto talento desconectado, tantos equipos fragmentados, tanta gente brillante que un día simplemente dice “ya no puedo más” y se va?
Tal vez, solo tal vez, es porque colectivamente hemos decidido que las personas son recursos. Que la productividad es más importante que el bienestar. Que está bien exigir excelencia sin crear los espacios para que esa excelencia florezca de manera sostenible.
Y tal vez —solo tal vez— el problema no es que la gente “ya no quiere trabajar” o que “esta generación es diferente”. Tal vez el problema es que hemos construido sistemas que exigen que las personas sobrevivan en modo máquina, y resulta que las personas no son máquinas. Son seres humanos con límites, con emociones, con una necesidad profunda de sentir que lo que hacen importa más allá del número en la nómina.
Cuando priorizamos sobrevivir sobre vivir, negamos esa parte de nosotros que vino al mundo a crear, a aportar, a experimentar. Y esa negación genera desconfianza hacia nosotros mismos, desvalorización de nuestro aporte, irrespeto hacia nuestra propia humanidad. Genera frustración, agresividad, desconexión.
Y como somos seres sociales, como pasamos la mayor parte de nuestras vidas en contextos laborales, esa desconexión individual se convierte en cultura organizacional. En equipos que compiten en lugar de colaborar. En liderazgos que controlan en lugar de inspirar. En empresas que extraen en lugar de nutrir.
La grieta por donde entra la luz: señales de cambio
Pero aquí está la parte esperanzadora, la parte que me hace creer que algo está cambiando: Ya nos estamos dando cuenta.
Cada vez más personas están dejando de fingir. Cada vez más líderes están empezando a preguntarse si acaso no hay otra manera. Cada vez más empresas están entendiendo que invertir en que su gente viva —no solo sobreviva— no es un gasto, es la decisión más inteligente que pueden tomar.
Porque la empatía baja las armas. La empatía entiende que todos tenemos miedos y vulnerabilidades, y ese es nuestro denominador común. Al reconocer esos miedos —en lugar de competir sobre quién está más quebrado o quién aguanta más— tendemos puentes. Puentes de respeto, de conexión, de posibilidad.
Y cuando hay conexión real, cuando hay espacios donde las personas pueden ser humanas sin castigo, algo hermoso sucede: la gente florece. No porque se lo exijas, sino porque finalmente puede.
Lo que viene: empresas que permiten vivir, no solo sobrevivir
Hay movimientos silenciosos pero poderosos. Hay personas, equipos, empresas que están empezando a hacer las cosas diferente. Que están creando espacios —físicos, virtuales, emocionales— donde la transición del modo supervivencia al modo vida es posible.
Espacios donde la vulnerabilidad es bienvenida, no castigada. Donde el respeto no es un valor de póster, sino una práctica diaria. Donde las personas pueden desatar sus nudos sin miedo a que eso las descalifique.
No son espacios perfectos. No son soluciones mágicas. Pero son intentos valientes de responder a una pregunta que llevamos demasiado tiempo evadiendo:
¿Y si las empresas pudieran ser contenedores de transformación y no solo de transacciones?
¿Y si pudiéramos construir culturas organizacionales donde las personas no tuvieran que elegir entre su bienestar y su trabajo? ¿Donde el éxito profesional no viniera al costo de la salud mental? ¿Donde ser humano no fuera algo que dejamos en el estacionamiento antes de entrar a la oficina?
Eso es lo que se viene. No como imposición, no como moda, sino como necesidad. Porque ya tocamos fondo. Ya vimos a dónde nos lleva el modelo de extraer hasta que no queda nada. Y no funciona. Ni para las personas, ni para las empresas, ni para la sociedad.
La invitación: reconocer tus nudos y volver a vivir
Esto no es un llamado a que renuncies, a que te rebeles, a que tires todo por la borda. Es una invitación mucho más sutil pero infinitamente más poderosa: A que te permitas reconocer tus nudos.
A que te des cuenta de que esa sensación de estar sobreviviendo en lugar de vivir no es normal, aunque sea común. A que entiendas que pedir ayuda no es debilidad, es sabiduría. A que consideres la posibilidad de que tal vez, solo tal vez, hay otra manera.
Y si eres líder, si tienes equipos a tu cargo, si tienes la posibilidad de influir en cómo se hacen las cosas: la invitación es a que te atrevas. A que crees esos espacios. A que reconozcas que tu gente no son recursos, son seres humanos. Y que cuando inviertes en que esos seres humanos estén bien, todo lo demás —la productividad, la lealtad, la innovación— viene como consecuencia.
Porque no vinimos a este mundo a sobrevivir. Vinimos a vivir. A crear. A experimentar. A aportar algo que solo nosotros podemos dar, en las circunstancias exactas en las que estamos.
Y si sanamos nuestras raíces —esos nudos individuales que nos mantienen operando desde el miedo— y abrimos nuestras alas, algo cambia. No solo en nosotros, sino en todos los que nos rodean. Porque la transformación individual es el origen de la transformación colectiva.
No necesitamos más gente aguantando. Necesitamos más gente viviendo.
Y para que eso suceda, necesitamos crear los puentes. Los espacios. Las conversaciones. Los movimientos que digan, con claridad y sin disculpas: aquí importas como persona, no solo como recurso.
Eso es lo que se viene. Y va a cambiar todo.
Porque ya te diste cuenta. Y una vez que te das cuenta, ya no puedes regresar.
Alejandro Arenales
Director de Bienestar Corporativo